¿Puede una buena persona ser político/a?
En el panorama actual se nos presentan a los políticos cómo la causa de todos los males, pero ¿Realmente es así?
OPINIÓN
Nicolás Godoy
8/26/202410 min read


Releyendo bibliografía sobre la transición democrática, encontré el libro 1983. Transición, Democracia e Incertidumbre, escrito por la historiadora Marina Franco, lanzado el año pasado. Aquí reconstruye y analiza, precisamente, lo incierto del escenario, del porvenir y plantea:
Cuando decimos que 1983 fue el comienzo de cuarenta años de democracia ininterrumpida es una mirada desde el presente de quienes sabemos cómo siguió la historia. Para quienes vivieron aquel 1983 todo era mucho más incierto, ¿quién podía saber qué iba a suceder y cómo sería el futuro político nacional? Tantas décadas de violencia política, golpes de Estado y presencia militar no eran un antecedente promisorio para imaginar el futuro. ¿Cuántas transiciones y cuántas elecciones había tenido el siglo XX argentino y cuántos nuevos golpes de Estado volvieron a producirse al poco tiempo? ¿Quién podía garantizar que la nueva democracia iba a durar? (Franco, 2023, p.13)
Esta cita me recordó el interrogante que planteó Pablo Gerchunoff (2022) en su ensayo biográfico sobre Alfonsín, donde exhibió los complejos condicionantes que tiene una persona siendo Presidente al querer tomar la decisión “correcta”. El caso concreto refiere a cuando el hombre proveniente de Chascomús que, ante los desafíos para consolidar la democracia, promovió las leyes de Punto Final y Obediencia Debida que frenaron los juicios a los implicados en crímenes de la dictadura, y escribe: “Para un ‘hombre bueno’, no podía haber dudas: conocida la verdad, debía reinar la justicia. Pero sucedía que el ‘hombre bueno’ era el presidente de una democracia en construcción que podía ser destruida en un instante…”.
Es evidente que alguien “bueno” en esa situación debía tomar elecciones complicadas, pero, en este caso ¿la decisión “correcta” coincidía con “el bien”? ¿Se puede seguir siendo una buena persona, a pesar de no elegir lo que la “moral” indica en pos de un objetivo superior? Para este brevísimo ensayo, retomo esa duda y agrego algunos elementos más para (intentar) responderla; pero cambio la jerarquía de Presidente a cualquier político o política que tiene responsabilidades y debe tomar decisiones.
Lo primero, es aclarar que la política es un mundo donde no existe la clasificación blanco-negro -a pesar de que esa concepción es de uso generalizado en el plano discursivo por los/as políticos/as-, es un terreno donde hay graduaciones de colores, sobre todo de grises. Aunque la política es muy emocionante, también convive con la rutina, con cosas aburridas y repetitivas, pero no por ello menos importantes.
Respecto a las otras categorías que son necesarias definir para esta reflexión (cómo definir qué es el bien y qué es el mal), no profundizaré en las mismas. Sólo diré que el/la político/política se mueve en ambientes complejos, donde median muchísimos factores sobre los cuales no se tiene injerencia, y debe tomar decisiones en pos de un objetivo, a pesar de lo desagradable que puede ser hacerlo. Las demandas respecto a la política son muy exigentes, el/la representante debe canalizar un sinfín de demandas, mientras debe proponer, interpelar, mediar en los conflictos internos y con ajenos, conseguir los recursos, bancar las críticas en las buenas y en las malas (los haters están a la orden del día, no importa el resultado), entre otras tantas cosas -cómo la vida privada, si es que la tiene–.
Tomando el caso de las personas que deciden que su vida tome el camino de luchar por las grandes transformaciones que guían sus ideales (aunque puede aplicar a diferentes casos), la construcción de poder (sí, poder, esa palabra tan demonizada porque conlleva a que una persona o un grupo deba concentrarlo, y que eso sea juzgado como algo “malo” resumido en una expresión como “ése/a se metió en política porque quiere poder y/o plata”) es ineludible. Los cambios no se logran solo con buenas intenciones, es necesario meterse en el barro de la realidad, donde los intereses y concepciones de los diferentes grupos de poder son los grandes obstáculos para llevar a cabo las ideas que uno/a tiene y para el que fue electo/a o designado/a.
“Subestimaron lo que haría la gente para aferrarse al poder”, frase dicha en una serie* por un personaje que hace de periodista y busca desenmascarar mafias enquistadas en diferentes instituciones de la ciudad, palabras que resuenan a la hora de pensar todo lo que conlleva realizar cambios estructurales que quitan privilegios a poderosos (todo esto desde una perspectiva muy idealista y ética de la participación política).
Carlos Pagni define a la política como la intervención de los sujetos en el proceso histórico**, y es algo indiscutible que la lucha por el poder es algo inherente a las sociedades humanas, volviendo imprescindible la participación en ella. Esto no quiere decir que todas las personas lo hagan su forma de vida, pero siempre se es parte de esto. Aunque la mayoría de las personas no se definan como políticas, consciente o inconscientemente son parte de esta dinámica. Participar o no, votar a este o aquel, denunciar o quedarse callado, reproducir tal palabra, tal prejuicio; hacen a esos infinitos hilos que mueven al mundo.
Entonces, en esta disputa por tomar las riendas del proceso, con todos los desafíos -que se dan todo el tiempo y de manera simultánea- y las consecuencias que trae consigo ¿puede una buena persona ser un/a político/a? Compliquemos un poco más la situación con ejemplos concretos. Momentos donde cualquiera que deba administrar recursos limitados ante muchas demandas, con un poder que nunca es absoluto ¿qué es lo que define que seas “bueno/a” o “malo/a”? Sacar de un lado y poner en otro, ser el/la malo/a para unos y el/la bueno/a para otros. Con algo tan sencillo y evidente, se presenta la complejidad de la realidad, y esto no tiene que ver con relativizar las cosas, sino con no distorsionarlas simplificando. También, podemos pensar situaciones altamente complejas cómo tener que conducir un país en guerra, y que cada acto de gobierno representan vidas y muertes. Aunque sea más práctico definir entre blanco y negro, lo complejo es algo real y tangible, simplificar sirve para torcer la cancha en favor de algo, de alguien.
El filósofo español Ortega y Gasset en su obra Mirabeu o el político (1993) tuvo el mismo interrogante que Gerchunoff:
“...suele pensarse que el político ideal sería un hombre que, además de ser gran estadista, fuese una buena persona. Pero, ¿es que esto es posible? Los ideales son las cosas recreadas por nuestro deseo. Pero, ¿qué derecho tenemos a desear lo imposible, a considerar como ideal el cuadrado redondo? (Ortega y Gasset, 1993, p.28)
y planteó que al arquetipo*** del político no se le puede evaluar con los mismos parámetros que al resto, debido a la complejidad de la tarea que llevan a cabo: “si se quieren grandes hombres, no se les pidan virtudes cotidianas” (Ortega y Gasset, 1993, p.54). Si bien, es una buena manera de repensar la pregunta del título, no estoy seguro de que alcance. Volviendo al ejemplo sobre el que se preguntaba Gerchunoff: Alfonsín, los represores y la justicia. En el caso de la idea de Obediencia Debida, esta fue elaborada junto a los juristas -conocidos como los “filósofos”- Jamie Malamud Goti y Carlos Nino, previendo los conflictos que conllevaría hacer justicia y la imposibilidad de juzgar a todos los involucrados. Esta concepción de cómo se llevaría a cabo el juzgamiento fue expuesta ya en la campaña presidencial.
“Toda revolución, inexorablemente, provoca una contrarrevolución. El político es el que se anticipa a este resultado, y hace a la vez por si mismo, la revolución y la contrarrevolución” (Ortega y Gasset, 1993, p.49)
A pesar de haber hecho algo inédito en la historia mundial (que un país con sus propias autoridades juzguen y condenen a quienes desde el poder cometieron crímenes de lesa humanidad)****, muchas familias no pudieron ver que se haga justicia para ellos, a quienes le arrebataron a sus seres queridos y los que lo hicieron no fueron a la cárcel.
La política no todo lo puede, y es una ingenuidad pensar lo contrario. La política es administrar recursos escasos, constantes frustraciones y problemas todo el tiempo, pero, como decía el mismo Alfonsín: “si la política fuese el arte de lo posible, sería el arte de la resignación”. En la creatividad, el sacrificio, los riesgos, las apuestas y sus consecuencias son donde reside la esperanza de algo mejor; así fue, es y será.
Sin irnos de la cuestión de sentenciar entre lo bueno o lo malo, aquella frase de “que la historia lo juzgue”, que se utiliza mucho para dictaminarlo, no es del todo así. La Historia (con mayúscula se escribe cuando nos referimos a la ciencia) y los/as historiadores/as no tienen esa tarea, sino una muy distinta; como decía Pierre Vilar (1992) “... la opinión (por desgracia bastante extendida) de que ‘la historia’ establece hechos, juzga a los individuos. (...) Yo me permito considerar que el conocimiento histórico es de otra naturaleza. Este consiste en comprender y en esforzarse por hacer comprender los fenómenos sociales en la dinámica de sus secuencias. (...) ¡Una vez más, quisiera que se me entendiera bien! Esclarecer no es justificar, comprender no significa disculpar”.
Actualmente tenemos muchos ejemplos de que no hay sentencias absolutas en el tiempo; consensos y creencias que se presentaban como inamovibles, hoy son cuestionadas, y quién sabe qué pasará mañana. Con las herramientas que nos brindan la Historia y la Filosofía podemos pensar de manera más crítica ciertos acontecimientos y valores. ¿La conclusión? El hecho de derribar el juicio entre “blanco o negro” no quita que efectivamente existan gente buena y gente mala, cosas que están bien y cosas que están mal, situaciones que benefician y otras que dañan. La mala fama que tienen los políticos se la han ganado a pulso, pero la vía del cambio sigue siendo la política, sobre todo en democracia. Sin embargo, también existen muchas personas que se consideran políticas, que dan la lucha y que buscan un bien para la comunidad, eso no debe ser tapado por lo malo.
Las expectativas también juegan un rol importante, muchas veces a los buenos (por falta de fortuna o de capacidad) las cosas no se les dan, y esto suma a la frustración con la política. Este es solo un intento de esclarecer de cómo es el camino (por lo menos una parte) de personas que toman este destino, que no eligen las reglas del juego (aunque sean modificables), ni las cartas con las que les toca jugar.
Podemos pensar en otros políticos y situaciones también, pero quise acotarme al caso del Presidente argentino que enfrentó los desafíos de la reconstrucción democrática (tanto por mi conocimiento del periodo, cómo por la extensión del artículo). Sin embargo, voy a agregar una anécdota sobre Talleyrand (político de la revolución francesa)*****, narrada por Miguel Ángel Pichetto en su entrevista con Tomás Rebord:
"Hay una anécdota de Talleyrand muy importante que te permite conocer y comprender el valor de la política. Cuando va de embajador a Inglaterra, en la última etapa ya con el rey, en la restauración de la monárquica (...) lo recibe el Canciller (británico) y le dice: -'Nunca pensé en conocer un tipo tan deleznable como usted (...) usted fue hombre de la revolución y regicida, fue uno de los que dio su voto para asesinar al rey en la guillotina; después estuvo con ese monstro de Napoleón y ahora está con el rey ¿Cómo puede ser?'.
Y Talleyrand responde: -'Usted se equivoca Canciller. Siempre lo importante fue Francia'.
No importa con quién estuvo"
Este breve fragmento, ilumina una faceta más polémica de los/as profesionales de la política. Hay quienes ejercen el poder de manera pragmática, y sus acciones parecen muy cuestionables, pero ¿en que lugar ubicaríamos a figuras cómo la de Talleyrand? ¿no son acaso un "mal necesario" para fines que implican al conjunto? Esto podría ser materia de reflexión para otro momento, pero quería traerlo para matizar lo analizado anteriormente.
Después de esta reflexión, el método que encuentro más acertado para encontrar la respuesta es el de cuestionar y cuestionarnos, si no reflexionamos sobre nuestras creencias, el lente del prejuicio nos seguirá llevando a frustrarnos con la realidad, porque como decimos los historiadores “es más complejo”.
¿Mi respuesta? Sí, una buena persona puede ser política.
Notas
*Frase de la serie Daredevil (temporada 1), dicha por Ben Urich.
** Carlos Pagni en Líderes en Play (por Emma Ferrario)
https://www.youtube.com/watch?v=d9X7YmXWCNE
***Los ideales son las cosas según estimamos debieran ser. Los arquetipos son las cosas según su ineluctable realidad. Si nos habtiuásemos a buscar de cada cosa su arquetipo , la estructura esencial que la naturaleza, por lo visto, ha querido darles, evitaríamos formarnos de esa misma cosa un ideal absurdo que contradice sus condiciones más elementales. (Ortega y Gasset, 1993, p.27)
****Para profundizar ver CONTRA LA CORRIENTE, un ensayo sobre Jaime Malamud Goti. de Federico Morgenstern
*****Formó parte de diferentes agrupamientos políticos en su trayectoria. Estuvo con los Girondinos, después con los Jacobinos, luego con Napoleón y finalmente con la Monarquía.
Bibliografía
Franco, M. (2023). 1983: Transición, democracia e incertidumbre (1a ed.). Universidad Nacional de General Sarmiento.
Gerchunoff, P. (2022). Raúl Alfonsín: El planisferio invertido. Edhasa.
Ortega y Gasset, J., & Reyes Heroles, J. (1993). Dos ensayos sobre Mirabeau: Mirabeau o el político, Mirabeau o la política. Fondo de Cultura Económica.
Vilar, P. (1992). Pensar la historia. Instituto Mora.


Fiel creyente de que todas las personas somos intelectuales -como decía Gramsci-, impulso este medio con el fin de generar herramientas para pensar crítica e históricamente. Profesor de Historia. Algún día voy a presentar la tesis. Bostero, fanático de Charly García, Borges y LeBron James.
Pd: no se me ocurrieron descripciones tan buenas como las de mis colegas