LA RANA NO ES LA QUE ESTÁ PERDIDA

La subestimación de la ciencia básica y el costo de renunciar al conocimiento soberano.

OPINIÓNPOLÍTICA

Jeremías Hernandez

3/31/20267 min read

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LA RANA NO ES LA QUE ESTÁ PERDIDA

La subestimación de la ciencia básica y el costo de renunciar al conocimiento soberano.

Por: Jeremías Hernandez

3/31/2026 - 7 min read

Me encontraba recientemente en una reunión social entre compañeros de facultad y el comentario, casi como un murmullo de fondo, casi como un chiste lanzado al pasar, era: ¿a quién le podría interesar estudiar ‘una rana perdida en medio de la selva’?

En esa breve pregunta, dicha casi con gracia, casi con ironía, con la intención de aliviar o dar menos importancia a una trivialidad, se condensa una de las grandes problemáticas actuales de la ciencia argentina: no sólo el desfinanciamiento profundo de la ciencia básica, sino también el desconocimiento generalizado sobre su profundidad, su importancia y su recorrido. Es decir: de dónde parte una investigación, hacia dónde puede proyectarse y de qué manera se construye, paso a paso, eso que después solemos llamar “avance científico”.

Porque el problema no es solamente presupuestario. También es cultural. Hay una dificultad creciente para comprender que el conocimiento no aparece ya terminado, listo para usar, encapsulado en una aplicación visible o en una tecnología espectacular. Antes de eso, mucho antes, hay preguntas y muchas veces esas preguntas empiezan en lugares que parecen pequeños, modestos o incluso absurdos para quien mira desde afuera. Como “una rana perdida en la selva”.

De base, no de sencillo

Cuando hablamos de ciencia básica, no estamos hablando de una ciencia “simple” o “sencilla”. No es básica porque sea elemental, ni porque carezca de complejidad. Es básica porque es de base: porque constituye el punto de partida a partir del cual se construyen niveles crecientes de comprensión, de precisión y, eventualmente, de aplicación.

Dicho de otro modo: la ciencia básica no es una ciencia menor, sino una ciencia orientada a generar conocimiento fundamental, aunque no tenga una aplicación inmediata necesariamente visible. Y, justamente por eso, muchas veces resulta menos espectacular a los ojos de una sociedad acostumbrada a medir el valor de las cosas por su utilidad instantánea.

Tomemos, por ejemplo, “esa rana perdida en la selva” describir una especie puede parecer, desde afuera, una tarea menor, casi escolar. Pero en realidad puede implicar el uso de múltiples herramientas y niveles de análisis. A veces ni siquiera alcanza con observar,no siempre una especie puede delimitarse de manera simple a partir de su aspecto externo.

Por ejemplo, existen especies hermanas (es decir, especies estrechamente emparentadas) que son muy similares entre sí, pero efectivamente distintas; y también existen especies crípticas: organismos que pueden verse prácticamente idénticos, pero que pertenecen a especies completamente diferentes. Entonces, algo que parecía “simple” deja de serlo muy rápido. Esa descripción inicial puede requerir morfología comparada, genética, bioacústica, ecología, distribución geográfica y una enorme rigurosidad metodológica. Y ahí aparece algo que suele olvidarse: una vez descrita la especie, el trabajo recién empieza, porque describir una especie no es el final de una investigación; muchas veces es apenas su umbral.

¿Por que usamos una rana?

A partir de la base de describir “una rana perdida en la selva”, se abren una cantidad inconmensurable de caminos posibles. En particular, si hablamos de anfibios (y dentro de ellos, de anuros, el grupo que incluye ranas y sapos), estamos hablando de organismos especialmente relevantes como bioindicadores o indicadores ambientales.

¿Por qué? Porque suelen ser particularmente sensibles a cambios de temperatura, humedad, pH y a múltiples alteraciones del ambiente. La aparición, desaparición o disminución de una población de anfibios puede funcionar como una señal temprana para cualquier investigador sobre procesos de degradación ecológica que todavía no son visibles en otros niveles del ecosistema. Entonces, en un solo movimiento, dejamos atrás la mirada que reduce todo a una “curiosidad biológica” y entramos de lleno en la ecología. Ya no estamos solamente describiendo una especie: estamos leyendo un sistema.

Porque las especies no existen aisladas. No viven solas ni suspendidas en el vacío. Conviven, forman comunidades, ocupan nichos, establecen relaciones con otras especies y participan de redes tróficas complejas. Si desaparece “esa rana perdida en la selva”, puede aumentar la población de insectos que antes eran controlados por su depredación. O, a la inversa, puede verse afectado un depredador que dependía de esa población como fuente de alimento. Y esa alteración, en ecosistemas frágiles, puede escalar mucho más de lo que imaginamos.

Puede sonar exagerado, incluso un poco provocador, decir que la ausencia de “una rana perdida en la selva” podría repercutir, a largo plazo y en una cadena de interacciones complejas, sobre especies emblemáticas como el yaguareté. Pero aunque el ejemplo sea deliberadamente enfático para transmitir el punto, no está tan lejos de la lógica real de los ecosistemas: los equilibrios biológicos son más delicados de lo que solemos creer, y muchas veces las piezas aparentemente pequeñas sostienen partes enteras de la estructura. Y hasta acá, todavía, sólo estamos hablando del impacto ecológico.

En medio de la selva o en el fondo del océano, todo (o casi todo) se aplica

Lo que hoy llamamos ciencia aplicada casi siempre empezó, en algún momento, como una pregunta básica. Basta mirar casos recientes. Pensemos en las expediciones al fondo marino argentino impulsadas por el CONICET. En principio, allí también hay descripción, registro, clasificación, observación de organismos y ambientes que para mucha gente podrían parecer lejanos o “inútiles”. Pero basta con que una de esas especies revele una molécula, una proteína, una citotoxina o un compuesto con potencial biomédico, y aquello que era desestimado como ciencia básica se convierte de inmediato, ante los ojos de todos, en ciencia aplicada, imaginate que un Pepino de mar a 2 km de profundidad podría ser la clave para curar el cáncer.

Por eso conviene insistir en algo que a veces parece obvio, pero que hoy necesita volver a decirse: no existe ciencia aplicada sin ciencia básica. No hay innovación si se renuncia a producir el conocimiento previo que la hace posible, no hay desarrollo tecnológico real si un país decide que sólo va a consumir resultados ajenos, importando soluciones construidas sobre preguntas que otros hicieron, sobre materiales que otros estudiaron, sobre diversidades que otros conocen mejor que nosotros.

Y acá la discusión se vuelve necesariamente política. Porque cuando se debilita la ciencia básica, no sólo se recorta una partida presupuestaria: se recorta la posibilidad futura de comprender el propio territorio, la propia biodiversidad, las propias necesidades sanitarias, productivas y ambientales.

Con un laboratorio de punta se puede estudiar cáncer en cualquier lugar del mundo, sí. Pero si un país pierde capacidad de producir conocimiento propio, también pierde capacidad de identificar con precisión nuevas moléculas, nuevos rearreglos, nuevas mutaciones, nuevas dinámicas biológicas y ecológicas que ocurren en su propia población y en su propio ambiente. Y eso no es un detalle técnico: eso es la pérdida de especificidad, de autonomía y, en última instancia, de soberanía científica.

La tramposa necesidad de la utilidad inmediata

Entonces la pregunta deja de ser si es “útil” estudiar “una rana perdida en la selva”. La verdadera discusión es más incómoda: ¿Qué tipo de sociedad considera prescindible la producción de conocimiento fundamental? ¿Qué tipo de país naturaliza que sólo vale aquello que ya viene empaquetado como resultado, como producto, como solución visible? ¿Qué tipo de imaginación política renuncia a sostener el largo proceso que hace posible que exista, alguna vez, una solución?

Porque la ciencia no está jerarquizada en importancia por el tamaño aparente de sus objetos de estudio. No es más importante el gen BRCA1 o BRCA2 que “una rana perdida en la selva”, ni a la inversa. No se trata de competir entre temas, ni de ordenar disciplinas en una tabla moral de urgencias. Se trata de entender que el conocimiento funciona como una trama, no como una lista de prioridades aisladas.

La ciencia es acumulativa y eso implica que para la ciencia fue tan relevante que la humanidad aprendiera a hacer fuego como que pudiera descifrar el genoma humano no porque todo sea idéntico, sino porque todo forma parte de un mismo proceso histórico de construcción del saber.

Esa es, quizás, una de las cosas más difíciles de defender en tiempos de inmediatez: que el conocimiento no siempre rinde examen en el presente. A veces su valor aparece años después, décadas después, o en un lugar completamente distinto de aquel donde empezó la pregunta inicial y sin embargo, si se interrumpe ese proceso, si se desfinancia su base y se cuestiona socialmente su legitimidad, lo que se pierde no es solamente investigación, se pierde identidad y progreso

La ciencia fue, es y será siempre una de las expresiones más profundas de la experiencia humana: el registro de nuestras buenas decisiones, sí, pero también de nuestros errores, nuestras limitaciones, nuestras derrotas y nuestros intentos de comprenderlas. En ese sentido, la ciencia es y será por siempre el reflejo de las victorias y de los fracasos de la humanidad, en todos sus niveles.

Tal vez, entonces, la pregunta nunca fue sí importa estudiar “una rana perdida en la selva”. La pregunta es: ¿Qué país queremos construir si renunciamos de antemano a producir conocimiento solo porque viene de una rana en medio de la selva?

Desde chico me apasiona la naturaleza. Fui de los que pescaban renacuajos en el canal para verlos convertirse en sapos. Con el tiempo, entendí que esa curiosidad también era una forma de observar el mundo, y eso me llevó a elegir estudiar Genética y, más tarde, a encontrar en la divulgación otra forma de compartir esa mirada. Creo que los fenómenos que ocurren en la naturaleza nunca están aislados de la sociedad, porque los humanos tenemos que asumir que somos, a la vez, observadores y actores dentro de ella. Hincha enfermo de Racing y más neuquino que el pehuén.